Está en la ducha y por entre las
gotas aparece el abusivo recuerdo. Su cerebro es un carnicero de imagen y sonido.
Lo lastima una reflexión feroz, adherida por dentro como una ventosa salvaje
que lo mantiene vivo para hacerlo sentir enfermo de asfixia. Quiere penetrar en
su conflicto que por interno es muy compacto y poco accesible. Decidido,
deja lavar la culpa que le devoraba
la piel hasta huesos como el sirope de la enamorada del muro que lo mira de la
ventana, tan apacible que da miedo. Pronto el vapor es tal que podría cocinar
una golondrina si quedara en ese baño, y es ahí justo, en ese pasaje de
los suburbios donde encuentra la más sana de las calmas. Prefiere
llamarla una auto reconquista. Basado en darle vuelta la cara a la contrariedad
de un bollo y así verle el lado positivo. Se aferra a la brusquedad de
los hechos para pensarse mejor, pero patina con recuerdos verdosos y
podridos que lo llevan directo a las tinieblas del mal saber. Y en un acto
despiadado pierde toda coloración. Ya es lo que quiere ser, ahora es un algo
inmemorial.
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