sábado, 20 de abril de 2013

La última carta


Ella, todas quieta, como hechizada, mantiene dentro suyo la receta elemental con las granas plegadas muy prolijas la espera de cara al sol. Hoy es diferente, está más aceitadas, bien alimentada y aún mejor dormida. Es una batalla de todo el día, sabe que sólo ese día importa y más que ningún otro ese es él día. La última chance, el último vagón del tren, un adiós que puede ser para siempre, pero no mientras quede en pié. Vigorizan los vástagos, apuntalan las bases y disponen las yemas, en la axilar y en el ápice.  Aprieta los nudos y cierra las vainas, curan las cicatrices, ajustan los pecíolos que dan lugar a los raquis más arriba. Tensa los nervios y estira al máximo las láminas. Y en una asombrosa sincronía, envía el reporte a los sótanos húmedos. Ahí las cosas tampoco son fáciles, se entiende porque todo el mundo está sin dormir. Pero arriba está ella, la magia;  porque son sólo ondas, soplidos enérgicos, gemidos que encastran perfecto en el folio, se inundan las velas por el envés y da lugar a la acción. Avanzan permitidos, tirando regalos por los aires y siendo abrazados y felicitados, demasiado los esperan y se les va la mano, llega el manoseo y el zamarreo, la burla humillante, el intercambio, el desgaste y la inversión, no mueren llegan a un justo acuerdo en que todo se transforma.
-De acá no se van, al menos no cómo vinieron- vibran las paredes y comienza.  Desgarrando y trozándolo todo, diferentes partes para un mismo fin. Trabajan sin cesar y lo saben.
Todos los días es lo mismo y todos los días es diferente. Respirar y transpirar.

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