Esta quizá sea una de las cosas más locas que alguna vez le hallan pasado, ella, desde el primer instante en que se vieron la cara, detonó en él la más letal de todas las armas de seducción, una chispa en los ojos y todo se activó; como una bomba de agua, sentía por debajo de la piel, las venas drenaban sangre del corazón para mantener los ojos en ella, en su cara y su sonrisa, sus dientes hermosos, y su olor, para no despertar. Ese viernes fue la diseñadora de las sonrisas, él solo eligió el dónde, inconcientemente, tal vez. Apareció ella, estacionó en una noche de esas que no se olvidan y entre las cervezas, todo dio lugar a otra cosa, dueña de un ornamento sumiso, silencioso, pero salvaje como la más salvaje bestia que todavía no ha conocido al hombre. Lo más sencillo fue lo más elegante y la simplicidad no dio lugar a dudas. Pero había en él una responsabilidad, era más como una cosa de códigos, ahora, dueño de una población activa femenina en su vida que crecía, poco a poco, tanto en número como atributos, es decir que, con todas las minas que tenía, ¿justo con ella se tenía que meter? Un verdadero idiota. No obstante, aquel viernes se le dieron todas, una cadencia, como si agregásemos un “cia” y sacásemos una “a” a una cadena, una cadena de cosas, cosas que se repiten y nunca paran, cosas que terminan al empezar, así es como era ella, y no Hubo un momento en que se preguntó que si su vestimenta sería la adecuada, varios estereotipos de tipos caminaban por las calles vistiendo trajes masculinos, y de los otros ese viernes a la noche, pero él sabía que si hay competencia, la actitud mata al talento.
El no creía en el disfraz, de todos modos era tarde, se había sacado la careta hacía rato cuando con la mano izquierda en la frente le dijo que estaba hasta ahí por ella. Hablaron de sus respectivas vidas, ambos se enroscaban en las opiniones del otro y todo, siempre, terminaba en una risa. Ella le dijo que era feliz, estaba contenta, él, en cambio, llevaba una vida de hastío, mientras que el aburrimiento lo despertaba todas las mañanas, la soledad dormía a su lado por las noches. No alcanzaba con limar un par de asperezas, pues la austeridad dominaba todos y cada una de las acciones, dispuestas entre sí y entregadas al mismísimo azar, el mismo que ese viernes estaba de su lado. Terminaron de de hablar y las palabras ya sobraban. Un calor comenzó en la base de la nuca se trasladó a la espalada, y el otro en la mejilla, los labios de sabor frutilla, tiernos y deliciosos. De los más ricos que haya probado él antes. Un beso como pocos y ya todo tenía otro tinte, la música sonaba cómo nunca la había escuchado antes. Una gaita, guitarras, bajos y baterías, una voz clara, un beso como el primero, y en ambas caras hubo algo. Los ojos se buscaban y ninguno de los dos lo quería creer, fue hermoso. Y hermoso lo recordará. Pero lo bueno no dura, y así como este relato, llega a su fin, no si antes exponer ciertos complementos que engloban y generalizan la idea. Para concluir decimos a favor de la primera guerra mundial hubo, a través del tiempo, numerosas fiestas y que nadie lo niegue. Nuestros hermanos de los estados unidos de, una que algunos llaman, América aprendieron muy bien sobre objetos y arquitecturas, pero lo que aprendieron mejor fue a vender, a vendernos lo que ellos producían; él compró el amor de película que tanto dice odiar, pero terminó llorando, sentando, en su bañera. Ella compró, de él, publicista, esa culpa desmesurada que arruina la más pura y verdadera de las relaciones. Y así como horas antes todo había parecido un sueño, cuando él bajó del taxi despertó. Él quiere volver a dormir y nunca despertar, pero nunca sabrá que ella quiere lo mismo.

